Fábula 1
En lo alto de un árbol infinito vivía un mono inquieto. No era un árbol cualquiera: daba frutos, muchos frutos, más de los que cualquier criatura podría comer en una vida. Colgaban en todas las ramas, en todos los tonos, como si cada uno guardara una promesa distinta.
El mono probó uno. Dulce. Luego otro. Más dulce. Luego otro, distinto, mejor. Y así comenzó, sin darse cuenta del momento exacto en que dejó de probar y empezó a perseguir. Saltaba de rama en rama buscando siempre el fruto perfecto: el más brillante, el más grande, el más prometedor.
Cada vez que mordía uno, por un instante sonreía. Pero apenas terminaba, algo dentro de él susurraba: “Hay uno mejor”. No era una voz ajena, ni extraña; era íntima, familiar, imposible de ignorar. Y entonces volvía a saltar.
Pasaron días, meses, años. Nunca pasó hambre, pero tampoco conoció la calma. Sus manos siempre estaban ocupadas, pero su interior permanecía inquieto, como si nada de lo que alcanzaba lograra realmente sostenerlo.
Un día, agotado, se detuvo. No por decisión, sino por desgaste. Y entonces lo vio: un búho, inmóvil, observándolo en silencio desde una rama cercana, como si hubiera estado allí desde siempre.
—¿Por qué no comes y descansas? —preguntó el búho con una serenidad que contrastaba con el temblor del mono.
El mono rió, pero su risa sonó vacía.
—Porque aún no encuentro el mejor fruto.
El búho inclinó la cabeza, como quien escucha algo más profundo que las palabras.
—No estás buscando el mejor fruto.
El mono frunció el ceño, desconcertado.
—Entonces, ¿qué busco?
El búho respondió sin prisa:
—La sensación que crees que ese fruto te dará.
El silencio cayó entre ambos, no como ausencia, sino como revelación. El mono se quedó inmóvil. Por primera vez en mucho tiempo, no saltó. Miró el fruto que tenía en la mano, luego el árbol interminable, luego el vacío entre una rama y otra.
Y entendió algo que no le gustó.
No estaba hambriento.
Estaba atrapado.