Oh…
Oh…
Antes del grito…
Antes del grito…
La ciudad nos crió bajo un cielo de pantallas,
con la sed en la garganta y la fe hecha migajas.
Aprendimos muy temprano a fingir que amanecía,
a llamar “libertad” a una fuga repetida.
Nos llenaron los ojos de velocidad y brillo,
de cuerpos impecables, de victoria y de delirio,
pero nadie nos dijo, cuando ardía la farsa,
que el alma se marchita si nadie la abraza.
Éramos hermosos, sí, pero también derrotados,
con el miedo bien vestido y los sueños maquillados,
con mil noches encendidas sobre un fondo sin orilla,
con canciones en la boca y un abismo en las costillas.
Nos besamos muchas veces no por amor, sino por ruido,
por no sentir el vértigo de ser nosotros mismos,
por no ver que en el espejo ya no quedaba casi nada,
solo una generación sonriendo mientras sangraba.
Y nadie quería apagar la luz,
porque en la penumbra asomaba la herida.
Nombre por nombre, desnuda verdad,
rompiendo el engaño de toda la huida.
Antes del grito ya se estaba cayendo todo,
ya se nos llenaba el corazón de polvo y lodo.
Y nosotros bailando como si no fuera con nosotros,
como si el vacío no llevara nuestros rostros.
Antes del grito ya se estaba apagando el alma,
ya se estaba hundiendo el mundo detrás de la pantalla.
Y ahora esta noche me viene a decir:
no basta mirar, hay que aprender a vivir.
Oh…
No basta mirar…
Oh…
Hay que aprender a vivir…
Vi muchachos tan fuertes que ya no podían llorar,
vi muchachas tan lúcidas que se querían quebrar,
vi cuerpos convertidos en vitrina y sacrificio,
vi la ansiedad sonriendo con medallas y prestigio.
Vi el éxito vacío devorándose a sí mismo,
vi el deseo hecho mercado, vi el amor vuelto espejismo,
vi la soledad vestida con neón y algoritmos,
vi a mi siglo pidiendo auxilio sin saber decirlo.
Y te vi frente a la noche, fascinada y con miedo,
en una ciudad que prometía todo menos un regreso.
Yo tenía entre las manos la distancia y la cobardía,
una cámara, mi orgullo, y mi propia hipocresía.
Quise hacer de tu silencio una imagen soportable,
quise dejar la herida quieta, limpia, casi presentable,
pero hay instantes en que el cielo parte el maquillaje
y le arranca a uno la máscara delante del desastre.
Y nadie quiso nombrar el dolor,
todos supimos volverlo elegante,
hacerlo frase, hacerlo canción,
hacerlo bello para no tocar la sangre.
Antes del grito ya se estaba cayendo todo,
ya se nos llenaba el corazón de polvo y lodo.
Y nosotros bailando como si no fuera con nosotros,
como si el vacío no llevara nuestros rostros.
Antes del grito ya se estaba apagando el alma,
ya se estaba hundiendo el mundo detrás de la pantalla.
Y ahora esta noche me viene a decir:
no basta mirar, hay que aprender a vivir.
Después vino el silencio más hondo que la música,
la ciudad hecha cuchillo, la madre en vela y aturdida,
la casa desnuda, la culpa abierta en canal,
la cruz en penumbra, la verdad final.
Y una voz en el fondo de todo mi cansancio:
“No sigas brillando si te estás despedazando.
No cambies el alma por ruido compartido.
No llames amor a lo que te deja vacío”.
No quiero más cuerpos sin casa,
no quiero más noches vendidas como hazaña.
No quiero más jóvenes muriendo por dentro
mientras el mundo les aplaude el talento.
No quiero más gloria tragándose el pulso,
no quiero más besos nacidos del susto.
No quiero más vidas vividas desde fuera,
quiero volver al sitio donde el alma empieza.
Quiero una verdad que nos parta y nos salve,
una mano llegando antes de que sea tarde.
Un silencio capaz de romper la mentira,
una herida nombrada sin volverla vitrina.
Quiero que esta generación deje de huir del reflejo,
deje de ofrecer el cuerpo para esconder el desierto,
deje de encender mil luces para no ver su ruina,
y encuentre entre las ruinas una llama todavía viva.
Antes del grito ya se estaba cayendo todo,
pero no está escrito que muramos de este modo.
No nacimos para el brillo que nos deja rotos,
ni para vender la sed por un aplauso corto.
Antes del grito se nos estaba yendo el alma,
pero aún queda fuego detrás de la pantalla.
Y si esta noche nos atrevemos a sentir,
todavía hay regreso, todavía hay porvenir.
Que caigan las luces que no dejan ver.
Que ceda el teatro. Que hable la piel.
Que el ruido se aparte. Que respire el dolor.
Que vuelva el silencio. Que vuelva el amor.
La ciudad sigue ardiendo,
pero no todo murió.
Debajo de las ruinas,
todavía late Dios.