Santos E. Moreta Reyes
Profesor asociado de Ética en el Instituto Tecnológico
de Las Américas, ITLA, RD
Resumen
El pensamiento filosófico contemporáneo, heredero de las críticas post-estructuralistas y la denominada condición postmoderna, se encuentra en una encrucijada crítica. Por un lado, ha logrado una deconstrucción necesaria de las meta-narrativas totalizadoras y los dogmatismos epistemológicos. Por otro lado, esta misma empresa ha derivado en una notable fragmentación del saber, un relativismo sofisticado que amenaza con disolver la capacidad de la filosofía para ofrecer orientaciones normativas y una proliferación de jergas herméticas que la aíslan del debate público. Este artículo realiza un diagnóstico crítico de tres tendencias centrales del pensamiento contemporáneo: 1) la hiper-especialización y el solipsismo disciplinario; 2) la estetización del nihilismo y la renuncia a la verdad como ideal regulativo; y 3) la desconexión entre la producción teórica y los urgentes dilemas ético-políticos de la sociedad global. Como contrapropuesta, se articula una recomendación para la enseñanza y divulgación de la filosofía basada en una «praxis filosófica integradora». Esta praxis se fundamenta en tres pilares: a) una epistemología de la complejidad que fomente el diálogo transdisciplinario; b) una pedagogía histórico-crítica que reconecte las ideas contemporáneas con la tradición para evaluar su pertinencia; y c) un compromiso renovado con la claridad conceptual y la participación cívica. El objetivo es revitalizar la filosofía como una herramienta potente para la comprensión y transformación del mundo, sin sacrificar el rigor crítico alcanzado en las últimas décadas.
Palabras clave: pensamiento contemporáneo, epistemología, fragmentación, postmodernismo, praxis filosófica, enseñanza de la filosofía, divulgación científica.
Abstract
Contemporary philosophical thought, heir to post-structuralist critiques and the so-called postmodern condition, finds itself at a critical crossroads. On one hand, it has achieved a necessary deconstruction of totalizing meta-narratives and epistemological dogmatisms. On the other, this very enterprise has led to a significant fragmentation of knowledge, a sophisticated relativism that threatens to dissolve philosophy’s capacity to offer normative guidance, and a proliferation of hermetic jargon that isolates it from public discourse. This article provides a critical diagnosis of three central trends in contemporary thought: 1) hyper-specialization and disciplinary solipsism; 2) the aestheticization of nihilism and the renunciation of truth as a regulative ideal; and 3) the disconnection between theoretical production and the urgent ethical-political dilemmas of global society. As a counter-proposal, it articulates a recommendation for the teaching and dissemination of philosophy based on an «integrative philosophical praxis.» This praxis is founded on three pillars: a) an epistemology of complexity that fosters transdisciplinary dialogue; b) a historical-critical pedagogy that reconnects contemporary ideas with tradition to assess their relevance; and c) a renewed commitment to conceptual clarity and civic engagement. The objective is to revitalize philosophy as a potent tool for understanding and transforming the world, without sacrificing the critical rigor achieved in recent decades.
Keywords: Contemporary Philosophy, Epistemology, Fragmentation, Postmodernism, Philosophical Praxis, Philosophy Education, Public Philosophy.
Introducción: El Legado Ambivalente de la Deconstrucción
La filosofía de finales del siglo XX y principios del XXI es, en gran medida, hija del «giro lingüístico»[1] y de la crítica radical a los fundamentos de la Modernidad. Pensadores como Foucault, Derrida, Lyotard y Deleuze, entre otros, llevaron a cabo una labor de «arqueología» y «deconstrucción» indispensable, revelando las estructuras de poder inherentes al saber (Foucault, 1969), la inestabilidad del significado (Derrida, 1967) y la caída de las grandes «meta-narrativas» que legitimaban el conocimiento y la organización social (Lyotard, 1979). Este legado es ambivalente. Si bien nos ha vacunado contra la ingenuidad de un positivismo absoluto y nos ha hecho permanentemente sospechosos de cualquier discurso que se pretenda universal y ahistórico, también nos ha sumido en un paisaje intelectual fragmentado, donde la especialización extrema y la desconfianza hacia cualquier proyecto sintético parecen ser la norma.
El presente artículo argumenta que esta fragmentación, aunque comprensible como reacción histórica, ha alcanzado un punto de rendimiento decreciente. Amenaza con convertir a la filosofía en un archipiélago de jergas ininteligibles entre sí y, lo que es más grave, irrelevante para los desafíos existenciales, éticos y políticos de nuestra era. A continuación, se procederá a un diagnóstico crítico de las tendencias dominantes para, finalmente, proponer una serie de recomendaciones orientadas a una praxis filosófica—tanto en la academia como en su divulgación—que sea a la vez crítica, rigurosa e integradora.
1. Diagnóstico de la Fragmentación: Tres Ejes Problemáticos
1.1. La Hiper-especialización y el Solipsismo Disciplinario
La profesionalización de la filosofía en la academia ha conducido a una especialización cada vez más estrecha. Hoy, un experto en la metafísica modal de David Lewis puede tener serias dificultades para dialogar con un especialista en la biopolítica de Agamben. Cada sub-campo ha desarrollado su propio canon, su terminología específica y sus propios criterios de validación, operando en un aislamiento que Foucault (1970) habría descrito como «formaciones discursivas» cerradas.
El problema no es la especialización en sí, que es necesaria para la profundización del conocimiento, sino el solipsismo que genera. Se ha perdido la visión sinóptica, la capacidad de conectar los avances en, por ejemplo, la filosofía de la mente con las discusiones sobre la justicia social, o las reflexiones de la epistemología con la crisis medioambiental. El pensamiento se vuelve «rizomático» en el sentido de Deleuze y Guattari (1980), pero sin los puntos de conexión y las líneas de fuga que los propios autores postulaban; en su lugar, tenemos rizomas[2] que no se tocan, monólogos eruditos que no convergen en un diálogo polifónico.
1.2. La Estetización del Nihilismo y la Renuncia a la Verdad
La crítica postmoderna a la «verdad» como correspondencia objetiva con la realidad fue epistemológicamente necesaria. Sin embargo, en sus vertientes más radicales, ha derivado en un relativismo sofisticado que a menudo se presenta bajo una pátina de nihilismo estetizado. La idea de que solo existen «interpretaciones», «juegos de lenguaje» o «narrativas» en competencia, sin un horizonte normativo o un ideal regulativo de verdad (incluso si este es asintótico e inalcanzable), priva a la filosofía de su función crítica fundamental.
Si todo discurso es reducible a una estrategia de poder, como una lectura simplista de Foucault podría sugerir, entonces la distinción entre un argumento razonado y la propaganda se vuelve borrosa. Si el objetivo de la deconstrucción es simplemente mostrar la «indecidibilidad» del texto, como una vulgarización del pensamiento de Derrida podría implicar el riesgo de caer en una parálisis analítica. Esta tendencia puede llevar a una actitud de ironía distanciada o de juego intelectual que evita el compromiso con la pregunta por el «buen vivir» o la «sociedad justa», reemplazándola por una estética de la transgresión por la transgresión misma.
1.3. La Brecha entre la Torre de Marfil y la Plaza Pública
Consecuencia directa de los dos puntos anteriores es la creciente irrelevancia de una gran parte de la producción filosófica académica para el debate público. Mientras la sociedad global enfrenta crisis de una complejidad sin precedentes —cambio climático, desinformación masiva, desigualdades estructurales, dilemas bioéticos—, una porción significativa del discurso filosófico se ha refugiado en debates meta-físicos ultra-especializados o en exégesis textuales que raramente trascienden los muros de la universidad.
Este repliegue hacia la auto-referencialidad no es un mero accidente ni una simple elección intelectual; responde también a las lógicas de producción del conocimiento en la academia contemporánea. El sistema de incentivos, dominado por el «publica o perece», premia la producción rápida de artículos dirigidos a un nicho de especialistas, ya que son estos pares quienes evalúan y validan el trabajo. La alta divulgación, la escritura de ensayos de largo aliento para un público amplio o la intervención en debates públicos son actividades que a menudo se consideran secundarias, «poco serias» o incluso perjudiciales para una carrera académica «exitosa». A esta presión estructural se suma una suerte de «ansiedad epistémica» post-deconstructiva: el temor a ser acusado de ingenuidad, de universalismo o de simplificación si se osa formular una tesis normativa clara y directa. El resultado es un círculo vicioso: la academia incentiva un discurso hermético y auto-contenido, y este discurso, a su vez, reafirma la percepción pública de que la filosofía es un ejercicio inútil y elitista, desconectado de las preocupaciones vitales de la comunidad.
El lenguaje deliberadamente oscuro, que confunde complejidad con profundidad, actúa como una barrera de entrada. Filósofos como Byung-Chul Han o Slavoj Žižek han alcanzado notoriedad precisamente por su intento (con mayor o menor éxito) de conectar la alta teoría con fenómenos de la cultura popular y la política cotidiana; sin embargo, representan más una excepción que la regla. La norma es una filosofía que ha renunciado a su vocación socrática de interpelar a la polis, de ser un «tábano» para la conciencia colectiva.
2. Propuesta: Hacia una Praxis Filosófica Integradora
Frente a este diagnóstico, no se propone un retorno nostálgico a los grandes sistemas metafísicos del pasado, sino la adopción de una «praxis filosófica integradora» que asuma el legado crítico contemporáneo pero lo reoriente hacia un fin constructivo. Esta praxis se articula en tres recomendaciones fundamentales para la enseñanza y la divulgación en distintos contextos filosóficos:
2.1. Fomentar una Epistemología de la Complejidad y la Transdisciplinariedad
La enseñanza de la filosofía debe superar activamente la fragmentación. Esto implica diseñar currículos que no solo presenten las distintas escuelas y autores, sino que enfaticen los «puentes» conceptuales entre ellos. Se debe enseñar a los estudiantes a pensar transdisciplinariamente, poniendo a dialogar la filosofía política con la economía, la ética con la biotecnología, y la epistemología con las ciencias cognitivas.
Esto requiere que el docente-filósofo sea, ante todo, un «traductor» y un «conector», alguien capaz de mostrar cómo las preguntas de Platón sobre la justicia resuenan en los debates actuales sobre el algoritmo y el sesgo, o cómo la fenomenología de Merleau-Ponty puede iluminar nuestra comprensión de la realidad virtual. Se trata de cultivar una epistemología que acepte la incertidumbre y la complejidad, pero que no renuncie a la búsqueda de una comprensión holística[3].
2.2. Implementar una Pedagogía Histórico-Crítica
Para contrarrestar el presentismo y el relativismo, es crucial adoptar un enfoque histórico-crítico, el pensamiento contemporáneo no surgió ex nihilo. Enseñar a Deleuze sin Spinoza, a Butler sin Hegel, o a Foucault sin Nietzsche y Kant, es ofrecer una caricatura de sus ideas. Cada concepto contemporáneo es una respuesta, una continuación o una ruptura con una larga conversación histórica.
Una pedagogía histórico-crítica sitúa las ideas en su contexto genético, permitiendo al estudiante comprender por qué surgieron y qué problemas intentaban resolver. Esto cumple una doble función: por un lado, desmitifica a los pensadores contemporáneos, mostrándolos como interlocutores de una tradición; por otro, dota al estudiante de las herramientas para evaluar críticamente su pertinencia y sus limitaciones en el presente, en lugar de aceptarlos como la última e insuperable palabra de la filosofía.
2.3. Renovar el Compromiso con la Claridad y la Divulgación Rigurosa
Finalmente, la comunidad filosófica debe asumir una responsabilidad ineludible: la claridad. Como sentenció Wittgenstein, «todo lo que puede ser dicho, puede ser dicho con claridad». La complejidad de una idea no es excusa para la ofuscación de su expresión y la enseñanza debe penalizar el uso de jerga innecesaria y premiar la capacidad de expresar argumentos profundos de manera precisa y accesible.
Asimismo, se debe incentivar y validar académicamente la alta divulgación. Escribir para un público culto pero no especializado no es una actividad menor, sino una de las tareas más difíciles y necesarias para el filósofo. Revistas, blogs, podcasts y conferencias públicas deben ser vistos como extensiones legítimas y valiosas de la labor filosófica. Esta tarea de «traducción» al dominio público no solo enriquece el debate social, sino que obliga al propio filósofo a destilar su pensamiento hasta su núcleo más esencial, en un saludable ejercicio de auto-clarificación.
A Modo de Conclusión: De la Crítica a la Praxis Constructiva. Lineamientos para una Filosofía del Siglo XXI
El diagnóstico presentado no es una invitación a la melancolía intelectual ni un llamado reaccionario para restaurar los sistemas filosóficos de antaño. Por el contrario, es una exhortación a movilizar el potente arsenal crítico heredado del pensamiento contemporáneo hacia una fase constructiva. La fragmentación, el solipsismo y la ofuscación no son destinos ineludibles, sino tendencias que pueden y deben ser contrarrestadas mediante una acción deliberada y coordinada en la enseñanza y la divulgación. Para ello, los tres pilares de la «praxis filosófica integradora» deben traducirse en lineamientos de acción concretos.
Operacionalizar la Transdisciplinariedad: La epistemología de la complejidad no puede ser un mero eslogan. En la práctica docente, esto significa ir más allá de los cursos de «Filosofía de la Ciencia» o «Filosofía Política» para diseñar seminarios y proyectos de investigación que aborden problemas en lugar de disciplinas. Por ejemplo, un curso sobre la «Crisis Climática» debería poner en diálogo a teóricos de la justicia como Rawls, pensadores del riesgo como Ulrich Beck, expertos en biopolítica como Foucault y científicos de datos que trabajan en modelización climática. El filósofo del siglo XXI debe actuar como un arquitecto de puentes conceptuales, capacitando a los estudiantes para crear una caja de herramientas cognitivas que les permita analizar un problema desde múltiples vértices. La meta es formar no solo exégetas de textos, sino pensadores capaces de intervenir en conversaciones complejas, aportando rigor conceptual donde a menudo solo hay ruido ideológico.
Revitalizar la Historia como Laboratorio del Presente: La pedagogía histórico-crítica debe concebir la tradición filosófica no como un museo de ideas muertas, sino como un laboratorio activo. Cada concepto—desde la sustancia aristotélica hasta el rizoma de Deleuze y Guattari—fue una herramienta forjada para resolver un problema específico. La labor del docente-divulgador es enseñar a «desmontar» estas herramientas para entender su mecanismo interno, evaluar su contexto de origen y, crucialmente, testear su utilidad para los problemas actuales. Este enfoque evita dos peligros: la veneración acrítica del pasado y el desdén ignorante del presente. Se trata de entablar un diálogo socrático con la tradición, preguntando constantemente: ¿Qué problema intentaba resolver Platón con su Teoría de las Ideas y cómo se relaciona ese problema con nuestra lucha contemporánea contra la post-verdad? ¿Sirven las categorías kantianas para pensar la ética de la inteligencia artificial? Tratar a los pensadores contemporáneos como gurús ahistóricos es tan empobrecedor como tratar a los clásicos como reliquias intocables.
Institucionalizar la Claridad y el Compromiso Cívico: La claridad conceptual y la vocación pública no pueden depender únicamente de la buena voluntad individual; deben ser incentivadas institucionalmente. Las universidades y centros de investigación deben empezar a valorar la alta divulgación—artículos en revistas de pensamiento, ensayos accesibles, podcasts de calidad, conferencias públicas—con el mismo rigor que se valora un artículo en una revista peer-reviewed de circulación limitada. La «responsabilidad cívica del intelecto» implica un compromiso activo por traducir la complejidad sin traicionarla. Esto exige combatir la noción perniciosa de que la escritura deliberadamente oscura es un signo de profundidad intelectual. Por el contrario, como lo demuestran pensadores de la talla de Bertrand Russell o Hannah Arendt, la máxima profundidad se alcanza cuando una idea compleja es destilada hasta su esencia más clara y potente. La filosofía debe recuperar su lugar en la plaza pública, no como un oráculo que dicta verdades, sino como un catalizador del pensamiento crítico, un interlocutor indispensable en el diálogo democrático que define a una sociedad abierta y reflexiva.
La encrucijada del pensamiento contemporáneo nos obliga a tomar una decisión. Podemos seguir por la senda de la fragmentación, convirtiendo la filosofía en un juego de especialistas cada vez más irrelevante, o podemos usar el poder de la crítica para reconstruir una práctica filosófica que sea, a la vez, autoconsciente de sus límites y audaz en su ambición de comprender y mejorar el mundo. La segunda vía es, sin duda, la más exigente, pero es la única que honra la promesa fundamental de la filosofía.
REFERENCIAS
AFA (American Philosophical Association). (s.f.). What is Public Philosophy? Public Philosophy at the APA. Recuperado el 30 de agosto de 2025, de https://www.apaonline.org/page/publicphilosophy
Deleuze, G., & Guattari, F. (1987). A Thousand Plateaus: Capitalism and Schizophrenia (B. Massumi, Trad.). University of Minnesota Press. (El análisis de este concepto es ampliamente accesible y explicado en recursos académicos como la Stanford Encyclopedia of Philosophy).
Derrida, J. (1997). Of Grammatology (G. C. Spivak, Trad.). Johns Hopkins University Press. (Una versión digital de la obra original en francés, De la grammatologie, está a menudo disponible en repositorios como Archive.org: https://archive.org/details/ofgrammatology1976derr/page/n5/mode/2up).
Foucault, M. (2002). The Archaeology of Knowledge (A. M. Sheridan Smith, Trad.). Routledge. (Recurso explicativo disponible en la Stanford Encyclopedia of Philosophy: Kelly, M. (2021). Michel Foucault. En E. N. Zalta (Ed.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. https://plato.stanford.edu/archives/spr2021/entries/foucault/)
Lyotard, J.-F. (1984). The Postmodern Condition: A Report on Knowledge (G. Bennington & B. Massumi, Trad.). University of Minnesota Press. (Una versión del texto original en francés, La condition postmoderne: Rapport sur le savoir, está disponible en múltiples repositorios universitarios y en Archive.or)
Weinberg, J. M. (2017, 18 de julio). Does “Public Philosophy” Need To Be More Interesting? Daily Nous. https://www.academia.edu/13924244/The_Value_of_Public_Philosophy_to_Philosophers
[1] El «giro lingüístico» (Linguistic Turn) es un término que describe el cambio de enfoque en la filosofía y las humanidades del siglo XX, que pasa a considerar el lenguaje no como un mero vehículo transparente para el pensamiento, sino como la estructura que prefigura y limita el propio pensamiento y la realidad que podemos conocer.
[2] El concepto de «rizoma», acuñado por Gilles Deleuze y Félix Guattari, se opone a la estructura jerárquica del «árbol» (típica del pensamiento occidental tradicional). Un rizoma es un sistema acentrado, no jerárquico, que se conecta de cualquier punto a cualquier otro. Mi crítica apunta a que, en la práctica académica, se han formado «rizomas aislados» que no logran establecer esas conexiones transversales.
[3] Una «comprensión holística» no se refiere aquí a una teoría totalizadora o a una «teoría del todo», sino a la capacidad de integrar conocimientos de diversas áreas para abordar un problema complejo, reconociendo que el todo es más que la suma de sus partes y que las interconexiones son tan importantes como los componentes individuales.